Lectura: Lucas 24:28-31

Durante todo el trayecto los discípulos que iban camino de Emaús tenían sus ojos velados según el versículo de Lucas 24:16. Ahora, Jesús, hace como que va más lejos y la reacción que ve en ellos es buena: le invitan a pernoctar allí, con ellos. Al partir el pan, los discípulos le reconocen porque nos dice el texto que “fueron abiertos sus ojos”

Llegados a este punto, nos damos cuenta de cómo Dios está al control de todas las situaciones. Él veló sus ojos para que no le reconocieran, se los abrió cuando quiso, hizo que iba más lejos y les dejó elegir hospedarle o no -aún sabiendo lo que acontecería.- Ellos decidieron escucharle, decidieron invitarle a su hogar, pero fue Dios quién les abrió los ojos para que viesen a Cristo.

Dios es el que abre los ojos y el entendimiento. El Espíritu Santo es el que nos convence para reconocer nuestra condición y aceptar la gracia de Dios.

¿No sería entonces necesario, no sólo caminar al lado de la gente y mostrarles a Cristo en la Palabra de Dios, sino orar fervientemente para que sean abiertos sus ojos? ¡Que Dios nos ayude a no conformarnos con hacer nuestra parte, sino orar que Dios haga la suya!

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